XI. Fugitivo



Tus labios eran un incendio
bajo el sol fugitivo de la tarde.

Al principio era la caricia directa
de sus rayos perfilando los contornos
apasionados de tus labios.

Al principio era yo hipnotizado
por la danza tus labios.

Después era el imperio egipcio
en tus ojos contenido
proclamando,
bajo el sol fugitivo de la tarde,
la belleza inaudita de tu rostro.

Y fueron todo palabras tus labios,
y quedó apresado
en los átomos del aire
el tan intenso anhelo de tocarlos,
el deseo ferviente de poseerlos
bajo el sol fugitivo de la tarde.


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